Central nuclear de Three Mile Island en Estados Unidos

Las centrales nucleares del siglo XXI

por Guillermo Mattei para EXACTAmente 48.

El 11 de marzo de 2011, un terremoto de 9 puntos en la escala de Ritchter sacudió a Japón y provocó, horas después, un tsunami devastador con más de 25 mil pérdidas humanas. La combinación de los dos fenómenos provocó graves daños en la central nuclear de Fukishima y un posterior debate mundial –tan enérgico como volátil– acerca de los riesgos de la producción de energía atómica. En esta nota, el especialista Mario Mariscotti analiza la situación actual de las centrales y delinea pros, contras, mitos y realidades.

28 de diciembre de 2011. 14.53 GMT. A 1.453 kilómetros al este de Santa Clara del Mar (Provincia de Buenos Aires, Argentina), el mar abierto del Océano Atlántico parece no ofrecer ninguna particularidad. Sin embargo, las tripulaciones de los cuatro buques oceanográficos conocen a la perfección lo que sucederá en segundos: el síndrome de Santa Clara del Mar. Son las antípodas geográficas de Fukushima (Japón). Tres minutos después de la hora prevista, un borbotón de medio kilómetro de radio simétricamente perfecto, de agua, vapor, pedazos de corteza terrestre y destellos azulados estremece el mar. En el mismo momento que los pedazos de corteza alcanzan nuevamente la superficie del mar, un descomunal remolino se traga todo objeto flotante. El instrumental a bordo, que monitorea el colosal suceso a diez kilómetros de distancia, detecta el pico de radiactividad. Un oceanógrafo especula: “El amortiguamiento que impone el planeta hará improbable que la próxima oscilación alcance la misma amplitud en el período teórico”, mientras que el periodista Gustavo Lupus, en transmisión directa para su canal de cable XNCiencia, exclama: “¡…una esquirla radiactiva e incandescente atravesando un pan de manteca!”. Lo concreto es que desde que la central de Fukushima-Daiichi colapsara por el tsunami de marzo de 2011, las reacciones nucleares en cadena descontroladas fundieron no sólo el fondo metálico del reactor, de veinte centímetros de espesor, sino también los cimientos del edificio y la corteza terrestre. Los procesos físicos posteriores ocurridos en la interacción de la esfera de combustible nuclear con la litosfera, la tectosfera y los mantos aún es motivo de discusión entre físicos y geólogos.” La cita anterior puede ser sólo una nueva versión de la ficticia hipótesis de El síndrome de China (ver Recuadro), pero con dramatismo mediático del siglo XXI, o también una excusa para sobrevolar mitos y verdades de las centrales nucleares.

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Por Guillermo Mattei

De la película dirigida y protagonizada por Charles Chaplin en 1931 hasta la letra de una canción de Mariano Mores o de Zona Ganjah, las luces de las ciudades ejercen un magnetismo atávico en los observadores humanos. Especialmente, si las luces son de ciudades más allá del sistema solar.

Si bien los cazadores de inteligencias extraterrestres se concentraron hasta ahora en el análisis de radioseñales y de pulsos láser ultracortos, un reciente estudio de los astrónomos Avi Loeb (Centro Harvard-Smithsoniano de Astrofísica) y Edwin Turner (Universidad de Princeton) sugiere una nueva técnica de búsqueda: detectar las luces de ciudades alienígenas.

“Buscar ciudades extraterrestres puede ser un gran esfuerzo, pero no requerirá recursos que hoy no poseemos”, explica Loeb.

Si la búsqueda se restringe a las civilizaciones con avance tecnológico similar al de la Tierra hoy, es razonable esperar que ellas dispongan de métodos de iluminación artificial para cuando su estrella quede oculta por su planeta.

Por supuesto que la tarea es discriminar la luz de una ciudad en medio del brillo de su estrella madre. Loeb and Turner sugieren observar el cambio de luminosidad en el planeta extrasolar en su tránsito alrededor de la estrella. De manera similar a nuestra Luna, los planetas extrasolares pasan por una fase oscura de Planeta Nuevo y es en ese momento donde hay que escudriñar con precisión y comparar con los brillos de otros muchos planetas.

Si bien el procesamiento de estas débiles señales demandará nuevos desarrollos telescópicos, el testeo puede hacerse con objetos de nuestro sistema solar propio. Loeb y Turner calcularon que los actuales mejores telescopios disponibles podrían ver las luces generadas por la ciudad de Tokyo desde una distancia equivalente al Cinturón de Kuiper (entre 30 y 55 unidades astronómicas), la región ocupada por Plutón, Eris y miles de cuerpos helados. Mientras se catalogan todos los planetas extrasolares similares a la Tierra candidatos a ser espiados, la nueva técnica se desarrolla y ajusta con el borde de nuestro vecindario.

Dado que nuestra tecnología ha virado de las señales de radio y de televisión al cable y a la óptica por fibras, somos menos detectables para nuestros presuntos vecinos. De la misma manera, pasar a detectar luces de ciudades en lugar de transmisiones de A.M., se nos impone lentamente a los terrícolas.

Mucho más allá del cinturón de Kuiper, suena un ringtone en un inimaginable transporte público: “Que se apaguen las luces de la ciudad Gliese 581g /quiero contemplar el cielo quiero mirar algo natural /y es que todos esos edificios van tan altos que no dejan respirar.”



 Por Guillermo Mattei para EXACTAmente 45 .

“El Universo parece haber sido diseñado por un matemático puro”, metaforizó el físico James Jeans (1877-1946). “¿Cómo es posible que la matemática, un producto del pensamiento humano independiente de la experiencia, se ajuste de modo tan perfecto a los objetos de la realidad física?”, preguntó Albert Einstein (1879-1955). “El milagro de la articulación entre el lenguaje, la matemática y la formulación de las leyes de la física es incomprensible y hasta de una exclusividad inmerecida para nosotros los físicos: valdría la pena extenderlo a todas las ramas del conocimiento”, opinó el físico Eugene Wigner (1902-1995) y este comentario perduró como el de “la irrazonable eficacia de la matemática”.

La Naturaleza revela matemática, tal como se ve desde la postura platonista. La imaginación, la creatividad y la capacidad de abstracción del Homo sapiens crea matemática independientemente de entornos y de características personales, es el punto de vista formalista.

Luego, ¿qué es la matemática?, ¿el código de la realidad a descifrar mediante la capacidad intelectual humana?, ¿un producto que, por humano, necesariamente debe resonar con los modos inhumanos de la Naturaleza?  En esta nota, sin pretensiones de resumen de estado del arte de la epistemología o de la filosofía de la matemática, las visiones al respecto de algunos cultores profesionales de la matemática.

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Colosos del Universo

15 septiembre 2011

Nuestro principal cronista de catástrofes interplanetarias nos introduce al espeluznante mundo de los DRG. Son los objetos más energéticos del Universo. Suelen aparecer después de que un agujero negro se ha tragado en diez segundos todo el material equivalente a nuestro Sol. Serían capaces de extinguir la vida en la Tierra en pocos días.

Destellos de rayos gamma

Por Guillermo Mattei  para EXACTAmente 47
 
A fines de abril de 2009, la Organización Europea para la Investigación Astronómica en el Hemisferio Sur comunicó un resultado digno de pasar a formar parte del patrimonio cultural de la humanidad: el descubrimiento del objeto más lejano en el Universo jamás observado por nadie. Así lo indicaban los datos experimentales recogidos por una combinación de telescopios orbitales y terrestres. ¿De qué se trataba? Un débil destello de luz, recogido por el instrumental en las longitudes de onda de los rayos gamma, era el fósil correspondiente a la explosión del objeto observado más distante del universo, ocurrida seiscientos millones de años después del Big Bang. Pero no por viejo y alejado debía menospreciársele, ya que su linaje era el de los Destellos de Rayos Gamma (DRG).

Los DRG son pulsos luminosos de entre un segundo o menos y no más de algunos minutos de duración, de una energía monstruosa, sin duda alguna, la más grande en el Universo. Generalmente están ligados a las explosiones de algunas estrellas o a su colapso en agujeros negros. Los fotones, muy energéticos en este caso, nos llegan a un ritmo de trescientas veces al año y desde posiciones equidistribuidas por toda la bóveda celeste.

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