El conocimiento científico: ¿es objetivo o es una construcción social?

A partir del número 44 de EXACTAmente se sucitó un debate del cual queremos dar cuenta en este blog a fin de abrirlo de manera participativa a nuestros lectores.

El artículo CIENCIA PROVISORIA de la Sección Variedades (Las enseñanzas del Maestro Ciruela) fue el disparador para un debate de argumentos (a través de cartas de lectores) entre distintos actores vinculados directa o indirectamente con la revista, sobre epistemología y conocimiento científico. Para darle un cierre organizado y con múltiples voces, el Consejo Editorial propuso la realización de un dossier en el que se pusieran de manifiesto las distintas posturas y sus argumentos. Para el mismo fueron convocados Pablo Kreimer, Alan Sokal, Marcelino Cereijido, Esther Díaz y Ricardo Cabrera. Mario Bunge, también desde la sección Lectores, participó con sus ideas.

He aquí la secuencia de los acontecimientos (puede ingresarse al link de cada nota de manera independiente):

Ciencia Provisoria. Por Ricardo Cabrera (El Maestro Ciruela) en EXACTAmente 44, p.47. Sección Variedades.

La ciruela de la discordia. Olimpia Lombardi. EXACTAmente 45, p.45. Sección Lectores.

Thomas Kuhn, y sus herederos. Ricardo Cabrera. EXACTAmente 46, p.47. Sección Lectores.

Sobre Thomas Kuhn y teorías incompatibles. Mario Bunge. EXACTAmente 47, p.46. Sección Lectores.

Dossier: Conocimiento científico: ¿es objetivo o es una construcción social?. EXACTAmente 47, p.21.

Esperamos las opiniones y comentarios de todos aquellos que quieran enriquecer este jugoso debate.


8 comentarios to “| Debate”

  1. En los últimos números de Exactamente se desplegó una polémica acerca
    de la teoría de las revoluciones científicas de Kuhn, y mas
    ampliamente acerca de la filosofía y sociología de la ciencia, con el
    “Maestro Ciruela” cumpliendo generalmente el rol de fiscal acusador.
    En apoyo de su alegato, el Maestro Ciruela convocó una numerosa lista
    de autoridades, y entre éstas apareció el Premio Nobel de Física
    Steven Weinberg. Eso me llamó la atención: para cualquiera que haya
    trabajado en cosmología o física de partículas en los últimos cuarenta
    años, pararse y prestar atención cuando habla Weinberg es casi un
    reflejo Pavloviano.

    Ahora, gracias a la amabilidad de un colega, he podido acceder al
    texto de Weinberg (“The Revolution that didn’t happen”, The New York
    Review of Books, Oct. 8, 1998), y quisiera compartir una reflexión
    sobre el mismo.

    Mi conclusión luego de haber leído el artículo en cuestión es que el
    ataque de Weinberg a Kuhn es mucho menos virulento que lo que la
    propia retórica de Weinberg permite esperar. Concretamente, Weinberg
    discute la aplicación del modelo de Kuhn en varias instancias tomadas
    de la historia de la física. Las conclusiones son en general distintas
    a las de Kuhn, pero en un caso específico hay acuerdo total: el
    reemplazo del paradigma aristotélico por el de Galileo y Newton.

    El punto es significativo porque entonces lo que sigue es preguntarse
    en qué sentido el paso de la física aristotélica a la física moderna
    puede explicarse en términos de que la primera es falsa, o por lo
    menos más falsa que la segunda. A fin de cuentas, los graves caen y
    todos sabemos que el Sol sale por el este y se pone por el oeste. La
    física aristotélica es correcta en los fenómenos que los
    aristotélicos querían describir, y como tal sigue vigente, al menos en
    los aspectos que hacen a la vida cotidiana.

    El único sentido que se me ocurre en el cual podría decirse que la
    física aristotélica es falsa, es que la explicación de ciertos
    fenómenos sencillos (como la trayectoria del proyectil en el tiro
    parabólico) en un marco aristotélico exige argumentos tortuosos, casi
    repugnantes a nuestra sensibilidad.

    Pero creo que ése es precisamente el punto ciego de esta polémica. Si
    yo quiero explicar porqué “la cosa que llamamos ciencia” se desarrolló
    de una manera radicalmente distinta en China que en Inglaterra, en un
    marco en el que la ciencia se entiende como el develamiento progresivo
    de una verdad objetiva, no tengo más remedio que apelar a argumentos
    tortuosos (si no racistas). Si pienso a la ciencia como un producto
    social, no es que la cosa esté resuelta, pero al menos hay por donde
    empezar.

    Para sostener posiciones epistemológicas del tipo de la proclamada
    por el Maestro Ciruela, es necesario tomar respecto a este debate
    posiciones radicalmente diferentes a las que adoptamos normalmente en
    nuestro trabajo como científicos. Por ejemplo, uno podría rechazar mi
    ejemplo acerca del desarrollo diferente de la ciencia en distintas
    culturas diciendo que el debate es acerca de la “naturaleza” de la
    ciencia y no acerca de sus manifestaciones históricas, pero eso
    equivale a extenderle a la filosofía de la ciencia un certificado de
    eximición del método científico. En efecto, estaríamos diciendo que,
    en lo que respecta a la “naturaleza de la ciencia”, la observación es
    irrelevante.

    La sensacion es que el Maestro Ciruela se brota tanto
    con la tesis constructivista porque confunde “construido” con
    “arbitrario”. Un martillo es un objeto construido, pero yo no lo puedo
    hacer de cualquier manera, si quiero que me sirva para clavar clavos.
    Igualmente la ciencia tiene una serie de funciones, algunas “hacia
    afuera” de la sociedad (que quizas en algun momento hasta hayan tenido
    valor adaptativo), otras “hacia adentro” (como un factor economico en
    el proceso de produccion, como una manera de legitimar ciertas
    relaciones de poder, etc.; precisamente por ser cientificos nosotros
    seriamos los menos indicados para ver estas funciones). Por eso es
    algo que se construye socialmente, pero no arbitrariamente. Yo puedo
    negar las leyes de Newton, como Lysenko nego las leyes de Mendel, pero
    lo que queda ya no sirve para las funciones que debe cumplir la
    ciencia, es como un martillo de plastilina. Por otro lado, para ser
    util algo no tiene que ser necesariamente “verdadero”. Un mapa es util
    aunque es deliberadamente falso (para empezar, mapea una superficie
    esferica en una plana, lo que no se puede hacer sin distorsion). Es
    una representacion, cuyo fin no es la “verdad”.
    Distorsiona, selecciona (dibuja las divisiones legales (que no estan
    en el paisaje), pero no las nenas comiendo helados), pone y saca para
    lograr un todo inteligible. Honestamente, a mi me motiva mucho mas
    esta vision de la ciencia, como una negociacion permanente con otros
    actores (algunos humanos, otros no), y en particular me preocupa
    develar las funciones de la ciencia, especialmente aquellas que nos
    resultan opacas, mucho mas que la vision de una “realidad objetiva”
    dada de una vez y para siempre, que solo es cuestion de tiempo y plata
    develar.

    En resumen, “construido socialmente” no es lo mismo que “vale todo”.

  2. Marcelo Bosch said

    Alguien podría decirme si Esther Díaz (ver Dossier) conoce la diferencia entre ciencia y tecnología?
    Y de paso pedirle su definición de “tecno-ciencia”, así podríamos entender a que se refiere cuando usa la palabra “epistemología”.

    Podríamos preguntarle también que quiere decir cuando dice:
    “…la comunidad científica actual procura mantener el (secreto) suyo proponiendo el hermetismo disciplinario y ocultando que los productos de esas teorías se revierten en las personas, la naturaleza, la sociedad y el medio ambiente…”
    Una pista podría ser el párrafo siguiente: “La actual tragedia de las centrales atómicas japonesas es dramática prueba de ello”.

    Ahora bien, esto de culpar a la comunidad científica, no es bastante viejo e infantil? Pero claro, si su análisis no puede distinguir entre ciencia básica, ciencia aplicada, tecnología, técnica, desarrollo industrial, política, regulación, ética, etc. jamás comprenderá las relaciones entre ellas, ni tampoco de qué trata la epistemología genuina.
    Si no entiende lo que es una teoría, qué puede decir de “los productos” de las mismas? Una central nuclear es el producto de la teoría atómica? Un físico teórico debe sentirse culpable y co-partícipe de ese desastre?

    Si siguiéramos estos razonamientos deberíamos interrogar a los físicos teóricos para descartar que estén pensando en potenciales aplicaciones peligrosas de sus hipótesis y teorías…

    Es cierto que muchos (la mayoría) de los científicos, de los tecnólogos, de los técnicos y de los docentes no saben filosofía, pero tal falencia cultural no será emparchada con pseudoepistemología (al estilo rizomático). Y en todo caso no es peor que la ignorancia científica y técnica de la mayoría de los filósofos. Más aún, la formación actual en filosofía se aproxima más a la historia del pensamiento que a la investigación filosófica, de manera que devuelvo el guante a Diaz en cuanto a la revisión de las curriculas: necesitamos más filósofos en condiciones de analizar la producción de conocimiento, no sólo productores de biografías comparadas de clásicos.

    Dicho sea de paso, además de la epistemología se requiere de las otras ramas de la filosofía para estudiar el sistema de construcción de conocimiento científico, especialmente ontología, semántica y lógica.

    En una sóla cosa concuerdo con Díaz, los estudios de “la ciencia” deben ser interdisciplinarios, aunque esto debiera obligar a los filósofos a internarse en el conocimiento científico, esto es: aprender algo de ciencia y tecnología, no sólo imaginarlo. La explosión actual de disciplinas e interdisciplinas científicas y tecnológicas puede ocupar a legiones de filósofos inquietos de por vida!

    Ah, y también creo que hay que militar en las cuestiones globales que afectan a nuestro planeta y nuestra sociedad, lo que no logro entender es cómo la epistemología “militante” puede salvar ballenas, evitar el calentamiento global o aliviar la pobreza.

  3. Creo que quedo claro que Lombardi abrió una puerta importante para este debate. Muy bueno por cierto.

  4. Gracias a Exactamente Nº 47 y a su dossier sobre el conocimiento científico, donde se exponen distintos puntos de vista al respecto, me enteré que los científicos en el fondo no son más que unos meros creyentes de la existencia de este perro mundo. Terribles dudas se agitaron en mí, hasta que reparé en esta cita de Euler:
    “…si un campesino dijera que no cree en la existencia de su señor, aunque lo tuviese ante sí, sería considerado como un loco y con razón: pero desde el momento que un filósofo afirma cosas semejantes, espera que admiremos su saber y su sagacidad, que superan infinitamente los del pueblo llano”. (Leonhard Euler, Lettres à una princesse d’Allemagne Nº 97, 27/01/1761, tomado e la edición en inglés de 1823).
    Euler, por lejos el más prolífico matemático de su época y también uno de los más grandes puso el dedo en la llaga acerca del elitismo que acompaña a la defensa de posiciones que no pueden ser lógicamente refutadas pero que carecen de todo sustento: nadie puede estar de acuerdo con el solipsismo sin poner en juego su honestidad intelectual, sin someterse a la prueba que nos ofrece la vida cotidiana como puede ser por ejemplo cruzarse con una sensación de tren, o arrojarse de un departamento suficientemente alto hacia un piso que no es más que una sensación, donde ponga en juego su cuerpo para sostener sus opiniones, naturalmente esto tampoco constituye una prueba de la existencia de un mundo exterior, pero nadie que sea partidario del solipsismo ha intentado una demostración semejante con lo que la honestidad intelectual de quienes lo sostienen ha quedado cuestionada. Hoy casi no quedan defensores del solipsismo aunque nunca faltan epígonos para estas extravagancias. En realidad del hecho que una idea sea irrefutable, como la que establece que no hay prueba de la existencia del mundo exterior, no se deduce que éste no exista.
    David Hume en Investigación sobre el entendimiento humano (1748) pone la cuestión en otros términos: no podemos tener un conocimiento directo de los objetos del mundo externo más que al través de nuestras sensaciones y tampoco podemos probar que éstas no nos engañan porque no hay prueba posible de la relación sensación/objeto. Este es el fundamento del llamado escepticismo radical. Pero aquí no se puede recurrir al análisis de la honestidad intelectual de quiénes lo sustentan porque para ellos la realidad existe, pero no la percibimos debidamente.
    En este caso también deberíamos desconfiar de los sucesos de nuestra cotidianeidad ¿por qué todos nosotros coincidimos en nuestras percepciones de los objetos? Podemos pensar que en los albores de la hominización sobre cada objeto hubiera un abanico de distintas sensaciones según las características de cada individuo. Aquéllas percepciones más próximas al supuesto mundo exterior le dieron a quienes poseían los órganos correspondientes una ventaja reproductiva, toscamente hablando, podían sobrevivir, llegar a la edad adulta y entonces sus genes tuvieron mayores chances de reproducirse, y al sucederse este proceso evolutivo en el transcurso de millones de años se fue ajustando cada vez más a ese supuesto mundo externo. Esta es una explicación plausible de porque en la vida de todos los días coincidimos en nuestras percepciones de los objetos. Pero no es una demostración acerca de la relación sensación/objeto. Sin embargo, en la vida de todos los días el escepticismo radical tiene tan poco sustento como el solipsismo.
    El fervor con que algunos intelectuales se concentran en esta discusión objetando al realismo cuando se trata del conocimiento científico contrasta con la falta de atención que le prestan si la misma se refiere a la vida cotidiana. Como estamos ante una situación sin remedio ya que la relación sensación/objeto difícilmente pueda ser lógicamente demostrable en algún futuro, los científicos se han basado en la experiencia diaria y en conceptos teóricos para llegar a resultados que a su vez han derivado en tecnologías en todos los campos del conocimiento en el tiempo que ha transcurrido desde Hume hasta nuestra época mientras que diversos grupos de intelectuales siguen insistiendo en el escepticismo porque es fuente de prestigio en algunos claustros a los que pertenecen y en sectores del periodismo cultural, omitiendo que lo que no se puede probar no necesariamente es falso: que la relación sensación/objeto exista o no, no se puede probar en ninguno de sus sentidos, es lo que se llama un indecidible. Tampoco se puede probar la fiabilidad o no de nuestras sensaciones, (salvo en casos patológicos).
    En matemáticas incluso existen indecidibles, uno de ellos es la conjetura del matemático austríaco Goldbach, que en 1742 sostuvo que todo número par es la suma de dos números primos: no se ha podido probar la verdad o no de esta conjetura. Aprovechando la capacidad de las computadoras se conoce que la misma se cumple para todos los números pares menores que cien trillones (un uno seguido de veinte ceros) pero como esto no constituye una demostración no se sabe qué pasa con los números mayores a este. Tampoco se ha encontrado un contraejemplo es decir un número par que no sea la suma de dos primos, que sería suficiente para probar la falsedad de la conjetura.
    A pesar de estos indecidibles ni los matemáticos ni los demás científicos se pusieron a llorar en este valle de lágrimas por la falta de pruebas y continuaron en la construcción de sus ciencias durante estos más de dos siglos y medio, llegando al grado de reconocimiento social que ostentan actualmente; sin embargo algunos intelectuales siguen insistiendo, provistos de sus jergas profesionales que por otra parte no gozan de la virtud de ser claras, en la insuficiencia de las pruebas como caballito de batalla y en estas latitudes ellos y los periodistas culturales acólitos exhiben su epigonismo en forma obscena. (Repasar los lamentos de Bruno Latour en el post-scriptum de Ciencia en acción, Labor 1992, el original es de 1987, con respecto al estancamiento de su corriente de pensamiento. Y pasaron 24 años más).
    Este reconocimiento de las ciencias exactas y experimentales se produce por la gran cantidad de aplicaciones para la vida cotidiana que funcionan en esa odiosa realidad. Por otra parte y razonando sobre la curiosidad que nuestras percepciones de las cosas coincidan abrumadoramente se puede pensar sobre qué ocurriría si nuestras percepciones difirieran de la realidad: Si nuestras percepciones fueran ajustadas a la realidad por ejemplo al 99,9%, bastan 13809 personas coincidentes en declarar que lo que tienen ante sí es por ejemplo un vaso, para que la probabilidad de que esta coincidencia ocurra sea menor que un millonésimo. Esto quiere decir que la probabilidad de que 13809 personas consultadas reconocen ver un vaso y ninguna alguna otra cosa es menor que una chance en un millón, en las condiciones dadas (ajuste a la realidad del 99,9%). Como no se conocen casos no patológicos en que se hayan suscitados discusiones acerca de si algo era un vaso o un hipopótamo o cualquier otra cosa, dado que siempre se reconoce un vaso, se puede estimar que nuestras percepciones se ajustan a la realidad. Como somos siete mil millones de habitantes del planeta de los cuáles la gran mayoría, los mayores de pongamos un par de años, está capacitada para distinguir un vaso y nombrarlo, esos miles de millones que coinciden en sus percepciones hacen que la probabilidad que nuestras sensaciones se ajusten a una realidad exterior sea prácticamente igual a uno. Cabe aclarar que cuando algo no puede ocurrir nunca, su probabilidad es cero y cuando debe ocurrir siempre es uno. En el caso más complejo de por ejemplo la clasificación de una especie animal incluso puede ocurrir que difieran las clasificaciones de distintos zoólogos pero no en las características organolépticas que finalmente son las que definirán la especie de que se trata, como ocurrió con la fauna de Burgess Shale (La vida maravillosa, Stephen Jay Gould, Crítica 1991, Barcelona), porque ellas son las que producen nuestras sensaciones. Como corolario la probabilidad de que no exista una realidad exterior es prácticamente cero, como así también la de que nuestras sensaciones nos engañen. Porque si un suceso tiene una probabilidad igual a uno, su opuesto tiene una igual a cero. Si bien no es una prueba, este razonamiento con estas probabilidades extremas es un ejemplo de inferencia estadística como las que han servido para tomar decisiones acertadas en la gris cotidianeidad de los laboratorios (naturales o sociales), en las investigaciones criminales, en la industria, el comercio, etc. desde que los estados comenzaron a recopilar datos que reputaron como importantes y Quetelet en 1844 diera comienzo al estudio de las regularidades que las mismas ofrecían, que conocemos con el nombre de estadística. Nuestras percepciones están pues muy cercanas a esa realidad aunque no la podemos conocer totalmente. Cualquier duda al respecto no es razonable de acuerdo con un amigo mío que es abogado.
    Para las limitaciones de los humanos respecto del conocimiento no son menores los logros obtenidos en las distintas ciencias tal como se manifiestan en las aplicaciones de la vida cotidiana. Importa poco que el conocimiento científico sea incompleto y aproximado dado que al determinar nuestros límites nos obligan a desarrollar métodos de investigación con más precisión, porque es lo que hay y además nadie en su sano juicio puede proponer la abolición de las ciencias naturales, pero sí, al través de su devaluación, intentar obtener alguna ventaja como por ejemplo obtener un mayor presupuesto que el actual para sus actividades. A este respecto la discusión planteada por solipsistas y escépticos radicales ha perdido razón de ser por cuánto la indecisión sobre la relación sensación/objeto impone un límite imposible de traspasar en ninguna de las dos direcciones posibles. Seguir insistiendo en estos debates se torna abstracto como diría mi amigo abogado.
    Una forma bastante utilizada de desvalorización es relativizar de alguna forma los contenidos de la misma en cuanto a la veracidad/falsedad de las teorías, relativismo ontológico, o bien admitida que fuera la posibilidad de obtener el grado de verdad de las teorías poner en cuestión la justificación de las mismas, relativismo epistemológico, y por último aunque estos inconvenientes fueran sorteados, debiera pasarse por alto esto en el estudio de las creencias de personas o grupos de personas realizado por sociólogos del conocimiento, relativismo metodológico. El procedimiento de relativización consiste en considerar cada vez la validez ya sea de la veracidad o no de cada teoría, su justificación, etc. se da para conjuntos particulares de personas y no en general y constituye otro campo de debate cuyas huestes estelares son los filósofos posmodernos.

    • Emiliano C. said

      Fermín: Coincido a grandes rasgos con la orientación epistemológica de su comentario pero considero que comete una falacia al ejemplificar su inferencia estadística. Ud. comete una especie de petición de principio al intentar argumentar en favor de algo suponiendo ese algo ya válido de antemano, dado que para poder cotejar los resultados de la percepción del vaso que ud. ofrece en su ejemplo, ud. está dando por hecho que tenemos una perfecta percepción del otro perceptor.

      • Fermin J. Alfonso said

        Emiliano: Estoy suponiendo que cada uno de nosotros tiene un error de percepción del uno por mil, en este caso la probabilidad que coincidan en afirmar que ven un vaso 13809 personas es menor que un millonésimo de lo que se infiere que no puede ser una casualidad esta coincidencia porque la región de rechazo tiene una probabilidad muy baja. El vaso es el mismo, los otros perceptores no.

  5. emilia said

    Exactamente Nº 47 me lo diendo como comprension dectora para entrar a la facu!!!

  6. José Manuel Fernández Santana said

    Ciencia es, en primer lugar, conocimiento. El
    conocimiento es subjetivo. Cada sujeto humano conoce
    a través de sus medios de percepción. Todos los
    humanos, en principio, estamos munidos de los mismos medios de percepción. Por medio de la reflexión
    podemos diferir, posteriormente, en nuestras
    conclusiones(la reflexión que sigue a la percepción
    puede estar infectada de valores, prejuicios, etc.),
    por medio del conocimiento no. Luego: la apreciación
    del objeto puede diferir, pero la percepción
    alcanzada en determinadas circunstancias de tiempo, espacio, situación, etc., es objetiva. La reflexión
    puede apartarse del objeto, mientras que el
    conocimiento del objeto, obviamente, no. Una puede
    basarse en intereses, la otra en hechos que
    cualquiera (en las mismas circunstancias…, etc.)
    puede comprobar. Lo científico es la exposición de lo observado, no su valoración.
    Podemos diferir en la opinión que nos merezca esto
    que escribo, podemos recortar, tergiversar, borrar
    esto que escribo, pero no podemos negar que he
    escrito algo. El verdadero debate se centra, entonces,
    en la intencionalidad detrás de la exposición y no en
    el hecho que hemos percibido y que es objetivo.
    Discutir la objetividad de la ciencia es confundir los términos del debate: la ciencia no puede ser más que objetiva dado que el hecho ocurre con, sin, a favor o
    en contra de nuestra voluntad (incluso la elección del
    objeto a estudiar, aun cuando subjetiva, no borra la
    objetividad de lo efectivamente sometido a estudio;
    más aun, la modificación causada por la aproximación
    humana al estudio del objeto, no anula la objetividad
    de la percepción de esa modificación y,
    perogrullescamente, si sabemos que nuestra presencia modifica al objeto es porque tenemos un conocimiento objetivo, metódicamente alcanzado, del mismo).
    Volvamos un momento atrás: dije que, en principio,
    ciencia es conocimiento. A diferencia del
    “conocimiento” no científico, ciencia es conocimiento metódico. Es el método racional el que la distingue
    de cualquier otro pretendido tipo de “conocimiento” (intuición, premonición, metafísico, espiritual).
    En suma: tengo un objeto, lo percibo, lo conceptualizo
    sometiéndome a un método racional.
    Eso, nada menos, es ciencia y su aporte a la liberación
    mental y física de la humanidad es, también, un hecho
    objetivo.
    La fisión del átomo es un hecho científico y, como
    tal, objetivo. Arrojar la bomba atómica sobre una
    población es producto de un juego de intencionalidades subjetivas ajenas totalmente a lo científico.
    Discutir la aplicación de la ciencia es necesario.
    Negar la objetividad del conocimiento científico es un
    acto de deshonestidad intelectual o de ignorancia.

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