¡… que se acaba el mundo!

22 febrero 2010

En la cultura popular, en ocasiones, se suele aconsejar el despojo de las inhibiciones y la  incursión en el cultivo de diferentes placeres de los sentidos ante la presunción del fin del mundo. Tan solo una metáfora que pretende desdramatizar la conciencia que de su propia finitud tienen los humanos.

De todas maneras, innumerables y variopintos personajes históricos vaticinaron solemnemente la hora del Apocalipsis. Uno de los más conocidos, Michele de Nôtre-Dame o Nostradamus (1503-1566) aún hoy goza de interpretadores de sus oscuras cuartetas proféticas:

El año mil novecientos noventa y nueve, siete meses,

Del cielo vendrá un gran Rey de terror:
Resucitar el gran Rey de Algolmois,
Antes después de Marte reinar por dicha.

Clara e inobjetablemente, esta cuarteta indica que el 11 de agosto de 1999 iba a ser una buena fecha para que el mundo terminase con cataclismos, polución y hambrunas. 1999 fue el año en el que Fernando de la Rua resultaba electo presidente argentino; Bill Gates presentaba el Windows `98; Ricardo Arjona lanzaba sus grandes éxitos; el `Gran Hermano` irrumpía en la televisión y Madonna ganaba un premio Grammy. Indudablemente, hoy, esos sucesos semiológicamente demuestran que el fin, al menos, estuvo muy cerca. De todas maneras, las relativas incertezas de las premoniciones apocalípticas de Nostradamus no son un obstáculo: la New Age enseña que siempre hay a mano algún personaje que, simplemente por antiguo, merece el crédito de la sabiduría ilimitada y de la capacidad profética.

Si esta inagotable cantera de la ancestralidad esotérica es además potenciada por una de las herramientas más eficaces del capitalismo: el cine de Hollywood, la profecía del Apocalipsis puede ser a la vez un gran negocio y un penetrante manifiesto de la espiritualidad del siglo XXI.

El sexto jinete: Nibiru

Casi doscientos libros ofrecidos por Amazon versan sobre el Apocalipsis de diciembre de 2012, la sección `Pregúntele a un astrobiólogo` de la Web de la NASA explota ante la pulsión popular de que ese discurso, autodenominado Ciencia, lo ratifique o lo rectifique y, para rematar, Hollywood pone a rodar el tanque 2012.

¿Cuál es la razón de temerle a diciembre de 2012? Un presunto planeta del sistema solar de la mitología sumeria, Nibiru, de supuesto período orbital de 3600 años, hoy mismo estaría viajando justo hacia la Tierra como una bola impulsada por un preciso maestro de tres bandas. Esto es lo que empezó a postular en 1976, un oscuro autor de ficción histórica cuya primera interpretación profetizaba la colisión para mayo de 2003 pero, probablemente alguna confusión en las unidades mediante, tuvo que reprogramarla para diciembre de 2012. Es más, los mayas también habían predicho lo mismo. Al menos eso dicen algunos actuales interpretadores compulsivos de mensajes ocultos en culturas ancestrales.

En el calendario de los pobladores originarios del Yucatán, su evento análogo al nacimiento del profeta cristiano dataría de 5124 años atrás y su convención para nombrar, a partir de ahí, los intervalos temporales sucesivos ¾katunes, baktunes y pictunes¾ indicaría que nuestro 21 de diciembre de 2012 hubiera sido, en su conteo, una transición parecida a la de 1999 a 2000. En otras palabras, un Y2K maya[1]. Cualquiera sabe que cuando cambian los cuatro dígitos de la numeración convencional, en base decimal, con la que se cuentan las revoluciones de la Tierra alrededor el Sol, nada bueno puede suceder. Con más razón, un Y2K en la convención de una cultura ancestral como la maya, que por antigua y menos materialista es necesariamente más sabia que la contemporánea, es realmente algo de temer si uno no tiene su espíritu anestesiado por el discurso científico oficial.

Si bien arqueólogos y antropólogos no han encontrado evidencias de que los ingeniosos mayas ¾muy buenos astrónomos que se esforzaban por medir bien el tiempo¾ vaticinaran el fin del mundo, numerosos autores de libros que hoy giran en anaqueles de grandes librerías ¾tales como México místico, La forma invisible: mente, alucinógenos e I ching, El factor maya: un sendero más allá de la tecnología¾ insisten, con fervor proporcional a las ventas, que el batkún 13 o nuestro 21 de diciembre de 2012 es el final de un ciclo. Es más, pontifican: “o se produce una resonancia armónica de la humanidad hacia la espiritualidad o se viene el Apocalipsis”. No hay terceras opciones. Sin embargo, una inscripción maya, que data de hace dos mil setecientos años, indica que el rey Pacal dejó escrito en Palenque que la conmemoración de su ascenso al poder debía celebrarse en nuestro 15 de octubre de 4772. O sea, mucho más allá del baktún 13, los mayas se veían a sí mismos sobreviviendo como pueblo: nunca imaginaron la cultura a la que pertenecerían Homo sapiens tales como Cortés, Pizarro, Custer, Roca, …

¿Es sólo una cuestión de revelación la que mueve a newagers a sostener estas predicciones? No, siempre es bueno hablar un poquito con el lenguaje del enemigo: “el 21 de diciembre es el solsticio, el Sol estará en la constelación de Sagitario a sólo tres grados del centro galáctico y a dos de la eclíptica y, como el nodo del solsticio de invierno[2] precede, se acercará más y más al punto de la eclíptica donde entraremos en eclipse con el centro galáctico”. ¡Ahora sí!, pánico pero con música astronómica de fondo. ¿Qué hay más agorero que encontrar un capicúa astronómico?

¿El temperamento a seguir?, poner en boca de los respetables mayas augurios nunca enunciados por ellos, batir su cultura originaria con terminología de la ciencia moderna y con dudosas interpretaciones del conocimiento astronómico y, finalmente, poner en evidencia la debilidad del discurso de esos personeros del stablishment llamados científicos. “Para los astrofísicos profesionales es muy difícil precisar los límites de la Vía Láctea y aún más la posición del centro galáctico por lo que es imposible predecir ese alineamiento con la precisión de un año y menos con la de un sólo día… Luego, la ciencia no identifica al baktún 13 maya con alineamiento galáctico alguno”, explican los astrónomos con sus modelos teóricos a base de lenguaje matemático y con sus indagaciones de la Naturaleza por medio del experimento y de la observación con tecnologías ultrasofisticadas.

La conspiración

“¿Cómo podrían los gobiernos de nuestro planeta preparar a seis mil millones de personas para el fin del mundo? No podrían… Encontrá la respuesta googleando 2012”, es el texto, superpuesto a la imagen de una ola gigante que se filtra por los Himalayas, en el trailer o la cola de la última película de Columbia Pictures[3]. En el caso del premeditado ocultamiento de Nibiru, los científicos (que con el poder militar y el económico forman la diabólica terna que describe otra producción de Hollywood, Avatar) son los responsables primarios, dado que la NASA conoce, desde 1983, la existencia de objetos estelares no identificados. Del mismo modo que los OVNIs no son (hasta el presente) evidencia de inteligencias extraterrestres en contacto cercano, las fuentes infrarrojas desconocidas detectadas por el satélite IRAS[4] hace un cuarto de siglo, nunca fueron evidencia posterior de un décimo planeta del sistema solar. Pero así como estas explicaciones no lucen lo suficientemente escatológicas, siempre es posible encontrar dinámicos y empecinados voceros tanto de los OVNIs, como evidencia de las visitas de inteligencias extraterrestres, como de Nibiru, en tanto el planeta que se nos viene encima. Indudablemente, el poder disciplinador de la nomenklatura científica debe ser tal que puede obligar, no solo a los académicos profesionales sino a toda la red mundial de astrónomos aficionados y sus relaciones más cercanas, a ocultarle al resto del mundo la existencia del armagedón Nibiru sin que pueda tener lugar la más mínima hipótesis de filtraciones de información. Sin embargo, no es poder disciplinador: todos los científicos del mundo tienen un chip en la nuca y eso sólo lo saben, y controlan, una decena de líderes políticos mundiales. Eso es más eficiente.

Ese discurso llamado Ciencia

Cae el Muro, como metáfora política, y la principal amenaza de la ciencia, los dogmas religiosos siempre del lado de las derechas, ceden ese lugar a gran parte de las nuevas izquierdas quienes, con un discurso de apariencia no dogmática, colocan a la ciencia en el lugar del condenable factor de todas las calamidades que acechan al planeta Tierra y que alejan a la humanidad de la nunca bien definida espiritualidad. Nuevas visiones creacionistas, imágenes que de la realidad construyeron culturas ancestrales, confusiones de tecnología con ciencia, nuevos paradigmas,… En fin, la visión de la ciencia como uno más entre otros tantos discursos sociales[5], una mera red de palabras, un acuerdo de dogmas, son la principal base sobre la que se construyen mensajes de un alcance global tales como 2012 y Ávatar. Antes, derechas ultramontanas y religiones tradicionales; hoy, algunas izquierdas considerablemente intelectualizadas y la literatura y el cine New Age. ¿Una Segunda ley de la termodinámica sociológica?

Si, como lo prueban algunos historiadores[6], los sincretismos de fines del siglo XIX y principios del XX fueron las semillas del nazismo, inquieta pensar en lo que las proyecciones actuales de casi aquellos mismos sincretismos podrían significar en los próximos tiempos. ¿Ésta debiera ser la verdadera hipótesis apocalíptica o no? Quizás sea bueno poner en práctica la recomendación popular.


[1] 2012. The great scare. E. C. Krupp, Sky & Telescope, Noviembre 2009, pag 22-26.

[2] N. de a.: el Sur nunca existe.

[3] http://www.whowillsurvive2012.com/

[4] Doomsday 2012, the planet Nibiru, and cosmophobia, David Morrison, Astronomy Beat, # 32, Setiembre de 2009, pag 1-6.

[5] Einstein, historia y otras pasiones. La rebelión contra la ciencia en el final de Siglo XX. Gerald Holton, (1995).

[6] Las oscuras raíces del nazismo. Nicholas Goodrich-Clarke, (2005).

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